Nunca sabes hasta dónde puedes llegar hasta que lo intentas
Leonardo descubrió que no siempre puedes controlar lo que te detiene. Pero sí puedes decidir cómo volver a moverte.

Algunas personas no se detienen porque no saben hacerlo de otra manera. Leonardo es una de ellas. No como pose, sino como forma de vida: cuando algo lo frena, busca la vuelta. Cuando no puede ir hacia adelante, se mueve hacia los lados. A los 17 años ya tuvo que aprender eso dos veces, de dos maneras muy distintas.
Desde los ocho años, el fútbol fue su mundo. No uno, no dos: llegó a jugar en cuatro o cinco equipos la misma semana, cinco o seis partidos en siete días. También entrenaba boxeo. Era una persona que necesitaba estar en movimiento constante, que se sentía viva cuando había algo que perseguir. No era un hobby. Era el ritmo al que corría su vida.
Eso cambió un día jugando en la escuela. Alguien lo chocó, el tobillo se dobló hacia afuera y Leonardo quedó en el suelo sin poder moverlo. Un esguince de tercer grado. Lo que siguió fueron semanas con yeso, encerrado en el salón mientras el recreo pasaba afuera, sin poder salir, sin poder socializar, sin poder hacer nada de lo que le daba energía. Para alguien tan hiperactivo, tan social, tan acostumbrado al movimiento, eso fue lo más difícil: el encierro.
Lo que aprendió ahí no fue a resignarse. Fue a tener paciencia, que antes no era precisamente su virtud. Entendió que apresurarse iba a mandarlo de regreso al mismo lugar: el tobillo necesitaba tiempo, y él también. Hoy se venda antes de cada partido, calienta con cuidado y lleva más de un año y medio con el tobillo crónico sabiendo exactamente lo que puede y lo que no. Juega menos, pero con más consciencia. Pasó de cinco equipos a uno o dos, y cada partido importa más que antes porque ahora sabe lo que cuesta poder jugarlo.
Ese mismo año perdió a su abuelita. Era la persona con la que más tiempo pasaba en las reuniones familiares, más que con sus primos o sus tíos. Ella ya tenía problemas de memoria a corto plazo — no recordaba lo que había pasado esa semana — pero le platicaba de cuando era niña, de sus trabajos, de su secundaria, con una claridad que Leonardo escuchaba cada vez. Que le repitiera las mismas historias no le molestaba. Le gustaba escucharlas. La fue a ver hasta tres o cuatro veces por semana mientras estuvo en cama. Le llevaba flores, le llevaba cosas. No quería que se fuera sin saber que él había estado ahí.
La noticia le llegó en clase, por el teléfono. No lloró en la escuela. No reaccionó. Fue con sus primas a otra prepa, ellas lo vieron, lo abrazaron, y ya ahí sí. Esa noche se quedó en la funeraria hasta el día siguiente. Y al otro día fue a clases. Sin dormir, sin comer, con tres horas de geometría por delante.
“Yo sentí que ella se había ido tranquila”, dice. Eso fue lo que le dio fuerza para seguir ese día, y los días que vinieron después.
Lo que esos dos momentos le dejaron fue parecido: la certeza de que no sabe cuándo puede cambiar todo. Con el tobillo aprendió que el cuerpo tiene límites que hay que respetar. Con su abuelita aprendió que los momentos no regresan y que vale la pena estar presente en ellos. Antes actuaba sin pensar en las consecuencias. Ahora las piensa. No por miedo, sino porque entiende que en segundos una jugada, una caída, una llamada, pueden reordenar una vida.
Hoy su semana es así: entra a la prepa a las siete de la mañana, a veces sale a las nueve de la noche. Los sábados trabaja de ocho a tres haciendo bebidas en un restaurante. Las tardes tiene práctica con el selectivo de tocho bandera de la prepa, donde también es parte de la mesa directiva. Ha trabajado armando máquinas de videojuegos, en una distribuidora de ferreterías, de mesero. Distintos lugares, distintas habilidades. No busca quedarse en ninguno. Busca aprender de todos, porque entiende que la independencia que quiere construir necesita más de una herramienta.
El siguiente paso es Monterrey. Quiere estudiar arquitectura en la UANL. Tiene familia allá, lo que facilita el hospedaje, pero la decisión no viene de eso. Viene de que quiere un aire nuevo, una ciudad grande, más oportunidades. Su bachillerato es de arquitectura, así que ya tiene bases. Y tiene un sueño muy concreto al final del camino: diseñar su propia casa. No como símbolo. Como prueba de que llegó.
"Todo lo que tengo lo tengo por voluntad propia, por méritos propios", dice. Sin soberbia. Como alguien que sabe lo que costó cada cosa, porque estuvo presente cuando costó.
Su bisabuelita siempre le decía que estudiara, que saliera adelante. La trae como motivación aunque ella ya no esté. Sus papás, su hermano. Y él mismo, que aprendió que no quiere depender de nadie para mejorar. Esa combinación — los que creyeron en él y el orgullo de no estancarse — es lo que lo mantiene en movimiento cuando la semana pesa.
Lo que le gustaría transmitir no es que la vida es fácil ni que los problemas desaparecen. Es que el problema no es cuántos vienen, sino cómo se afrontan. Que siempre va a haber una jugada difícil, una pérdida, un momento en que el cuerpo o la vida no responden como uno quisiera. Pero que hay una diferencia entre quedarse ahí y buscar la vuelta.
Si pudiera hablarle al Leonardo de hace unos años, el que no se creía capaz de vivir tantas cosas en tan poco tiempo y además salir adelante, le diría que nunca sabes hasta dónde puedes llegar hasta que lo intentas.
Él ya lo está comprobando.





