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Historias

La fuerza de Daniela Ortega: liderazgo, vocación y una historia que no la detuvo

Con 16 años Daniela quiere ser neuróloga pediatra y ya está demostrando que puede liderar. Mientras estudia, transforma su preparatoria desde la mesa directiva.

Daniela Ortega VélezPor Revista Sparks · Vorka México4 min de lectura
Daniela Ortega Vélez
Daniela junto a compañeros en evento.

Para Daniela, lo que cambió todo no fue una decisión. Fue algo que simplemente pasó, a los seis años, sin avisar.

Le diagnosticaron epilepsia en primero de primaria. Al principio eran crisis de ausencia: se quedaba quieta, sin escuchar ni ver nada, por segundos o por minutos. Después llegaron las convulsiones. Cada tercer día, con un dolor de cabeza que ella describe como horrible, horrible, horrible. Ver a sus compañeros comer lo que quisieran, salir a donde quisieran, hacer actividad física sin pensarlo dos veces, le frustraba y le dolía. Ella tenía que medir cada cosa.

A los nueve años tuvo un paro cardíaco. Estaba con su familia, era el día del Super Bowl. Recuerda que estaba normal y de repente ya no. Su mamá oró. Y Daniela volvió a respirar.

Después del paro, las convulsiones fueron espaciándose. Medicamentos, neurólogos especializados, células madre, aceite de CBD para calmar el estrés y ayudar a regenerar lo que el cerebro había perdido. Cada tratamiento era una apuesta. Cada semana sin crisis, una pequeña victoria. Y en paralelo a todo eso, la pérdida de su prima —su mejor amiga, con quien creció muy unida— que fue el detonante emocional que encendió algo que ya existía genéticamente. En su historia, el dolor y el cuerpo siempre estuvieron conectados.

La última noche que convulsionó tenía once años. Fueron nueve convulsiones, desde las siete de la noche hasta las diez de la mañana del día siguiente. Y después, nada. Esa noche, sin saberlo, era el final de una etapa.

Pero la enfermedad se había llevado cosas concretas: dos años completos de primaria, la confianza en su cuerpo, la certeza de poder vivir sin preocuparse por lo que podía pasar en cualquier momento. Cuando las crisis desaparecieron, Daniela tenía miedo. Dos años perdidos pesaban. Había ganas de volver al mundo, de conocer gente, de involucrarse, pero también una voz adentro que preguntaba si iba a poder. Las primeras boletas en la secundaria tuvieron calificaciones bajas. Las recuperó. Salió con una meta: entrar al Oficial.

Entró. Se mantuvo. Y hoy va a ser presidenta de la mesa directiva.

Para Daniela ese cargo no es un logro más. Es la prueba de algo que tardó años en creer: que es capaz, que es inteligente, que puede liderar. Que lo que vivió no la dejó atrás sino que la formó. Desde que empezó la campaña para la mesa directiva se reforzó en ella algo que siempre había estado ahí pero que no siempre había podido ver: las ganas de ayudar, de pensar en los demás, de usar lo que tiene para hacer algo por quien lo necesita.

La vida no dejó de ponerle pruebas. Hace aproximadamente un año y medio, iba camino a la preparatoria cuando una caravana de autos se fue impactando entre sí y la alcanzó. Ella iba de copiloto. Salió hacia el parabrisas. Despertó con el cuello ardiendo, toda sangrada, sin entender bien qué había pasado. Una vez más, el cuerpo en el límite. Una vez más, seguir.

Esa acumulación de momentos en los que pudo no estar aquí es lo que hoy da forma a su manera de ver la vida. Ya no reniega de lo que tiene. Aprendió a agradecer de una manera que solo se entiende cuando de verdad lo puedes perder todo. Antes era, según ella misma lo reconoce, una persona muy egoísta. Lo que vivió fue también una forma de cambiar eso.

Su vocación viene directo de su historia. Quiere estudiar medicina, especializarse en neurología pediátrica. La misma especialidad que alguna vez la trató a ella. No lo dice como una casualidad sino como algo que tiene un sentido que no necesita explicación. Quiere ser la doctora que alguien más necesita, con toda la empatía que solo se construye desde adentro.

Fuera de eso, lee, baila y practica Danzas Polinesias. Son los espacios donde el cuerpo que tanto le ha costado le devuelve algo distinto: movimiento por gusto, no por miedo. Y junto con Brandon está desarrollando una colecta de juguetes para repartir en Día de Reyes, con alcance a Cortázar. La lógica que lo mueve es sencilla y es suya: llevar algo a quien no lo tiene, con la misma naturalidad con que ella recibió ayuda cuando más la necesitaba.

A la Daniela de hace diez años, la que convulsionaba cada tercer día y no sabía si iba a poder llevar una vida normal, le diría que nunca deje que el miedo o las dificultades decidan por ella.

Hoy ya sabe que los retos pueden convertirse en una fortaleza muy grande. Lo sabe porque los vivió. Y porque sigue aquí.

Revista Sparks

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