Soñar también es aprender a trabajar por lo que quieres
No siempre se sabe de lo que una es capaz hasta que no queda otra opción. Para Jessica, esa claridad llegó en un departamento vacío, con un colchón, unas bolsas negras y sin foco.

No siempre se sabe de lo que una es capaz hasta que no queda otra opción. Para Jessica, esa claridad llegó en un departamento vacío, con un colchón, unas bolsas negras y sin foco. El día que volvió a abrir su negocio, llegó a ese cuarto y pensó que quizá todo sería diferente si todavía estuviera acompañada. Pero el negocio comenzó a funcionar. Y con él, algo más: descubrió que podía hacerlo sola.
Crecer cerca del campo, rodeada de sus papás, sus hermanas, sus abuelos y sus tías, le dejó una idea que con los años se convirtió en brújula: tenía que trabajar y esforzarse por sus sueños, salir adelante y convertirse en una mujer independiente. Su papá se lo repetía, pero más que una instrucción era un ejemplo: un hombre que, a pesar de sus propias circunstancias, sacó a su familia adelante de sol a sol. De niña, le gustaba montar a caballo y recorrer el campo. Esa cercanía con la tierra y con lo sencillo nunca la abandonó del todo.
Salir de su comunidad para estudiar no fue sencillo. Terminar una carrera universitaria no era algo común ahí. Ella fue la segunda persona en conseguirlo. La universidad también representó la posibilidad de conocer otras realidades, relacionarse con más personas y comenzar a imaginar todo lo que podía construir fuera del lugar donde había crecido.
Estudió mercadotecnia y después una maestría en relaciones públicas. Pero mientras avanzaba académicamente, también comenzó a construir algo propio. Su primer emprendimiento nació como un trabajo universitario y terminó convirtiéndose en un proyecto al que le tomó un cariño especial: Helado Chido, un negocio de helados, frappés y productos de inspiración italiana.
Durante esa etapa construyó una vida en Celaya acompañada de una relación de pareja y de una familia que también se volvió red de apoyo. Pero con el tiempo, algo dentro de esa dinámica comenzó a incomodarla. Recuerda haber visto a su pareja cerca de la política y sentir que ese mundo le llamaba la atención, pero también sentir que no le correspondía: "él es el que brilla y como que a mí me toca acompañar". Al terminar la universidad, esa relación terminó. Jessica regresó por un tiempo con sus papás. Luego decidió volver y empezar de nuevo con su negocio, esta vez por su cuenta.
De ahí el cuarto sin cortinas. De ahí el foco olvidado.
Durante algún tiempo había buscado que alguien más le solucionara las cosas, había aprendido a ocupar el segundo plano, a acompañar en lugar de encabezar. Lo que comenzó como un negocio terminó siendo otra cosa: el primer espacio en el que no tuvo que cederle el centro a nadie.
Después de ese primer año comenzó a tocar nuevas puertas. Una de ellas la llevó hacia la política, un ámbito que desde joven le había llamado la atención. En 2021 había intentado acercarse, pero una situación inesperada la hizo detenerse: una persona cercana a su familia que participaría en aquellas elecciones fue asesinada. Jessica decidió esperar.
Cuando las condiciones cambiaron, retomó el camino. Se acercó a Movimiento Ciudadano y comenzó a participar en distintas actividades. Para diciembre de 2022 recibió la oportunidad de convertirse en delegada municipal de jóvenes en
Celaya. Después llegó su primera candidatura a diputada federal en 2024 y, tras las elecciones, asumió la delegación estatal de jóvenes.
La política le mostró algo que no había visto de cerca: no todas las personas parten del mismo lugar.
Salir a las calles, recorrer colonias, tocar puertas y escuchar a la ciudadanía le permitió conocer realidades que no siempre son visibles desde la propia experiencia. Personas que luchan todos los días por tener comida en la mesa, jóvenes que quieren estudiar pero no pueden, familias que enfrentan circunstancias muy distintas a las suyas. Jessica reconoce que ella ha tenido privilegios: poder estudiar, tener un hogar, comida y una familia que siempre la ha respaldado. Reconocerlo no la lleva a quedarse únicamente con el agradecimiento. También le genera una responsabilidad.
Para ella, el verdadero sentido de la política está en servir. "El verdadero ser de la política es el poder servir a las personas", dice, "y creo que cuando eso se cumple, todo lo demás viene solo". Sabe que existe un fuerte hartazgo hacia quienes aparecen durante las elecciones y después dejan de escuchar. Precisamente por eso cree que quienes participan tienen que demostrar que se puede trabajar de otra manera. Antes que cualquier conocimiento o cargo, un político debería ser una buena persona. Los conocimientos pueden aprenderse, pero valores como la empatía, el respeto y la valentía son los que deben sostener las decisiones.
También ha aprendido a tener paciencia. Le gustaría ver resultados concretos de lo que hace, pero entiende que el cambio no ocurre de un día para otro. Las personas necesitan tiempo, las herramientas necesitan procesos y las intervenciones requieren constancia. Para ella, crear una transformación sostenible implica aceptar que algunas cosas tardarán más de lo esperado.
Ahora encuentra sentido en poder dejar una pequeña semilla de cambio en las personas que conoce. No sabe exactamente cómo será su vida dentro de diez años, pero sí tiene claro cómo quiere vivirla: trabajando, sirviendo, buscando que su presencia pueda contribuir a mejorar la realidad de alguien más.
Su historia no se trata únicamente de haber estudiado, emprendido o entrado en política. Se trata de aprender a confiar en sí misma cada vez que la vida le pidió empezar de nuevo. De entender que los sueños necesitan trabajo, que las oportunidades también implican responsabilidad y que crecer no siempre significa tener todas las respuestas.
A veces significa decidir que vas a intentarlo una vez más.
Y cuando la vida se ha puesto difícil, Jessica ha aprendido algo que ahora lleva consigo: aunque la esté pasando un poquito mal, siempre sale el sol.





