A veces el camino empieza justo donde todo se rompe
Dina descubrió que algunos procesos toman tiempo. Pero también que pedir ayuda puede ser parte de volver a encontrarte.

Reconstruirse no es un momento. Es un proceso largo, silencioso y a veces solitario en el que hay que tocar fondo antes de decidir que no te quieres quedar ahí. Dina lo sabe porque lo vivió. Y porque eligió subir.
Su infancia la recuerda como la parte más colorida de su vida. Los años en que su papá estaba presente, en que todo tenía ese tono cálido que uno solo aprecia después. Tenía diez años cuando él falleció. En el funeral, todavía no entendía bien lo que había pasado. Eso llegó después, despacio, en forma de ausencia.
La adolescencia fue donde cayó el veinte. Poco a poco se fue apagando: se alejó de su familia, de su mamá, de casi todos. Ella misma se metió a ese rincón. Fue en segundo de preparatoria cuando llegó al punto más bajo. Y fue ahí donde su mamá no la dejó quedarse. "Ahora te levantas", le dijo. Y Dina se levantó.
Ese proceso no fue rápido. Implicó terapia cognitivo-conductual con una psicóloga que le enseñó a ver las cosas desde otro lugar. Implicó un retiro de tres días sin teléfono ni noción del tiempo, donde le llegaron cartas de su familia y algo se acomodó adentro. Implicó entender que muchas de las rocas en su camino las había puesto ella misma, con sus propias dudas y sus propios límites. Y que podía dejarlas de poner.
El cambio fue, ante todo, de mentalidad. Dejar de victimizarse. Dejar de decirse que no podía. Empezar a ver hacia adelante en lugar de quedarse mirando lo que había pasado. "La vida no se acaba si tú dices que no se acaba", dice hoy. Y no lo dice como frase. Lo dice como quien aprendió que era verdad de la manera más difícil.
Hoy estudia ingeniería en biotecnología en el Tecnológico de Monterrey. Se fue sola, a una ciudad donde no conocía a nadie, sin red de contención más allá de su propia decisión de empezar de nuevo. Esa mudanza fue en sí misma un acto de confianza: en ella, en lo que había construido y en lo que todavía quería construir.
La vocación viene de lejos.
Desde que su papá falleció quería ayudar, pero entendió que la medicina no era su camino. La idea de tener una vida en sus manos, de fallar en ese sentido, no podía con eso. Eligió la biotecnología como una forma distinta de llegar al mismo lugar: el área de salud, los laboratorios, la investigación.
Su meta más clara es contribuir algún día a la detección temprana del cáncer. No como una ambición abstracta, sino como una dirección concreta hacia la que trabaja todos los días.
Antes de irse a Monterrey, ya había comenzado a construir ese camino desde cerca. En preparatoria desarrolló un proyecto social al que llamó Quiero, Puedo y Es Mi Derecho: tutorías para jóvenes adultos con discapacidad intelectual en una escuela de Celaya. Iba cada jueves en su hora de receso, se saltaba un módulo de alemán y llegaba al salón con materiales que ella misma diseñaba: actividades visuales, colores, sumas básicas adaptadas a cada alumno.
Lo que aprendió ahí no estaba en ningún libro. Aprendió paciencia, que antes era una de sus asignaturas pendientes. Aprendió que conectar con alguien va mucho más allá de enseñarle algo. Aprendió que hay personas que no hablan pero que te agarran la mano de una manera que lo dice todo. Cuando terminó el proyecto, les dejó un memorama y una lotería de números que había construido durante meses, pensados específicamente para ellos. No era un cierre, era un regalo.
Ese proyecto fue el que presentó para obtener la beca Líderes del Mañana, con la que estudia hoy en el Tec. No fue un camino sin dudas. Veía los proyectos de otros postulantes —un brazo rehabilitador, desarrollos tecnológicos complejos— y ella misma hacía menos el suyo. Su mamá fue quien no la dejó achicarse. "¿Por qué te haces para abajo?", le decía. Y tenía razón.
Ganar esa beca significó más que una oportunidad académica. Significó la confirmación de algo que había estado aprendiendo desde el fondo: que ella podía. Que su historia, su proyecto y su manera de ayudar tenían valor. Que no necesitaba compararse con nadie para saberlo.
Cuando no está en el laboratorio o en clase, arma legos. Siempre ha sido así. Es su manera de desconectarse, de concentrarse en algo que tiene piezas y solución. También nada. Son los dos espacios donde el ruido para.
En los próximos años se imagina en un laboratorio más que en un salón de clases, buscando una investigación o una práctica en el extranjero, aprendiendo todo lo que el Tec le pueda dar. No tiene el mapa completo y eso no la inquieta. Lo que sí tiene claro es la dirección: seguir avanzando, seguir aprendiendo, y encontrar la manera de que lo que aprenda sirva para algo más que para ella misma.
Su legado no está pensado en grande. Está pensado como su papá lo dejó: un granito de arena que quede en algún lugar. Un avance que ayude a otro avance. Una semilla que alguien más pueda recoger.
A la Dina de segundo de preparatoria, la que estaba en el fondo, le diría tres cosas: aguanta, tú puedes y escucha a tu mamá.
Hoy ya sabe que tenía razón. Y todavía le falta mucho camino por recorrer.





