Camila: quedarse también es una forma de amar
Hay algo que casi nadie le explica a los adolescentes: que crecer no solo significa decidir qué estudiar o a qué universidad entrar.

Hay algo que casi nadie le explica a los adolescentes: que crecer no solo significa decidir qué estudiar o a qué universidad entrar. Crecer también significa elegir qué hacer con lo que ves. Puedes mirar y seguir tu camino. O puedes involucrarte.
Camila eligió involucrarse.
Tiene 16 años y vive en Celaya, Guanajuato. Está en cuarto semestre de preparatoria y, como cualquier joven de su edad, tiene exámenes, tareas, amigos, dudas sobre el futuro. Pero hay algo que la distingue: no puede fingir que no vio lo que otros están viviendo.
Su historia no empieza en un foro ni en un escenario. Empieza en Oaxaca, en la Sierra Norte, en un pueblo donde la lluvia cae casi todos los días y donde el saludo no es una formalidad sino una manera de reconocer que el otro existe. Allí creció entendiendo que las cosas no se resuelven solos. En su casa, si había que cocinar, cocinaban todos. Si había que arreglar algo, se arreglaba en equipo. A ella le tocaba pelar manzanas aunque quedaran torcidas. No importaba la forma. Importaba que participara.
Esa dinámica sembró algo que hoy define su forma de estar en el mundo: nadie es espectador.
Las mudanzas constantes reforzaron esa idea. Coahuila Puebla, Estado de México, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato. Cambiar de ciudad tantas veces le enseñó a adaptarse, pero sobre todo a observar. Cada lugar tenía su propia magia, encanto y maneras de incidir. Y en lugar de volverse indiferente, Camila comenzó a observar más a detalle lo que los demás ignoran.
En secundaria entendió que esa preocupación debía ser escuchada. Detrás de la risa de cada uno de sus compañeros, había historias diferentes. Violencia en casa. Abandono. Contextos que explicaban conductas que muchos juzgaban sin detenerse a preguntar por qué
Una compañera cargaba con esa etiqueta. Era señalada, criticada, juzgada y evitada. Camila no hizo nada extraordinario a primera vista. Se sentó con ella en el recreo. Lo repitió al día siguiente. Y al siguiente. Durante un año completo.
No llegó con discursos ni con soluciones mágicas.
Llegó con presencia y escucha.
Esa presencia hizo algo que nadie esperaba: abrió espacio para que la otra chica se sintiera escuchada. Con el tiempo dejó de reaccionar desde la defensa, se reconcilió con partes de su historia y descubrió su talento para cantar. Hoy se presenta en eventos escolares con una seguridad que antes parecía imposible.
Cuando Camila habla de esa etapa, dice: No la cambié; simplemente la escuché, estuve ahí, me quedé y le hice ver lo valiosa que era ella.
Y quedarse, entendió, es una forma de amar.
Esa lógica empezó a expandirse. Si ya sabía que muchas conductas tienen contexto, entonces no bastaba con acompañar en lo personal. Había que involucrarse en espacios más grandes. Se integró a iniciativas de protección de niñas, niños y adolescentes. Participó en debates. Presentó propuestas frente a autoridades. Actualmente es la Presidenta del Consejo Consultivo de Niñas, Niños y Adolescentes del SIPINNA a nivel estatal y nacional. E igualmente
Expuso el Programa Nacional de Protección integral de NNA (PRONAPINA) dejando en claro que la participación de la infancia y adolescencia es muy importante
Estas acciones la llevaron a participar en el V Foro Interamericano de SIPPINNA´s llevado a cabo en Bogotá, Colombia. A su vez, la presentación del PRONAPINNA se extendió hasta compartirlo con representantes regionales de UNICEF con sus compañeros. Pero más allá de la relevancia del espacio, lo importante es que su motivación no cambió. No se trataba de figurar. Se trataba de ser congruente.
Camila es una persona que todo el tiempo está aprendiendo algo nuevo, desde leer un buen libro, hasta debatir, aprender nuevos idiomas o practicar taekwondo, entre muchas cosas más. Es parte de su constancia y disciplina
Está entre estudiar medicina o derecho. Dos caminos distintos en apariencia, pero conectados por el mismo propósito. En medicina ve la posibilidad de cuidar desde la salud. En derecho, la posibilidad de proteger desde las leyes.
Hay algo que repite con claridad: no quiere que el reconocimiento cambie su forma de tratar a las personas. Sabe que el ego puede construir y destruir con la misma facilidad. Por eso su mayor meta no es acumular logros, sino mantenerse coherente.
Y mientras sostiene responsabilidades que muchos adultos evitan, se permite seguir siendo adolescente. Juega, se ríe, ve caricaturas, disfruta lo que le gusta sin sentir que tiene que endurecerse para parecer madura. Entendió que crecer no es el fin, entendió que viene otra etapa.
Camila no es una excepción inalcanzable. Es una posibilidad real. Es la prueba de que la juventud puede elegir no ser indiferente. Que se puede tener 16 años y ya comprender que el liderazgo no empieza cuando alguien te da un cargo, sino cuando decides quedarte frente al dolor de otro.
Su historia no se define por los foros en los que ha estado, sino por los recreos que no abandonó. No se mide por los aplausos, sino por las conversaciones que sostuvo cuando nadie más quería escuchar.
En un mundo que corre rápido, Camila eligió detenerse.
Y a veces, detenerse para cuidar es el acto más poderoso de todos.




